domingo, 6 de enero de 2019


Ocho grandes 8 del fútbol argentino

EL TATA MARTINO



En la década de los sesenta hubo un equipo que fue el primer grande del fútbol argentino a nivel internacional. Su técnico había sido un ocho goleador llamado Juan José Pizzuti. El “Racing de José” estuvo 39 partidos sin conocer la derrota, número que incluye verdaderas batallas campales por la Libertadores. Hasta la llegada de Bianchi a Boca aquella marca fue récord argentino. Su impronta fue que el técnico visionario produjo un cambio táctico al incorporar al número ocho de las inferiores, Roberto Perfumo, como zaguero central, no por falta de centrales buenos sino porque –intuyo– buscaba un sucesor de Federico Sacchi, aquel zaguero que salía jugando con maestría.

Así se adelantó Pizzuti al descubrimiento alemán del mediocampista que jugaba de líbero. Cuando “las papas quemaban”, frase que en aquellos años significaba: “se acaba el tiempo y hay que hacer un gol como sea”, José mandaba a su lateral izquierdo y al segundo central a cabecear los centros del lateral derecho Martín y del ocho Rulli. Rubén Díaz y Alfio Basile, que era cinco en inferiores,  entraban como bolas de demolición. Solo el arquero Cejas y Perfumo se quedaban atrás. Cuando el rival amenazaba de contra, el flaco de Sarandí corría con la velocidad del rayo a cortar la pelota y, si hacía falta, sacaba al contrario de la cancha. Su eficacia era tal que traspasó el vidrio de la cabina del relator Muñoz, quién le inventó el apodo de “Mariscal de campo.”

Diez años después hizo su aparición el segundo mejor central argentino de todos los tiempos. Fue en un partido amistoso contra Alemania en La Bombonera. La Mannschaft ganaba 3 a 0 sin despeinarse, con una aceleración futurista. Pero Passarella marcó el descuento con un cabezazo tan violento que provocó orgullo nacional. Fue como una mezcla de: “Acá estamos nosotros” con: “Llévense este regalo para casa.” Mientras el pibe de veintitrés corría hacia el centro del campo mirando el pasto con cara pétrea, Víctor Hugo Morales le dijo al mundo que el gol lo había marcado “El Káiser.”

El veinte fue un siglo en que el relator también jugaba. Los futbolistas eran aviones que pasaban sin escala por la boca ensalivada. Partidos malísimos eran escuchados por espectadores en las gradas con Spikas pegadas a la oreja. De ahí que mi primer recuerdo del ocho más importante de Newell´s no fuese una imagen sino una frase radial del uruguayo Morales: “La tiene el Tata Martino; la amasa, la pisa, la muele…”

Gerardo Martino consiguió borrar para siempre el recuerdo de su tocayo Rinaldo Martino, goleador implacable de San Lorenzo en tiempos pre-Sanfilippo. La pechera de Ñuls se inflaba en el cuerpo de este descendiente de italianos que hacía de la pelota un chicle. La necesidad de completar una imagen me llevó hasta las primeras fotos color que traían las revistas en el interior. Era lo único en tiempos en que el fútbol se televisaba en horario de protección al menor. Parecía el dueño de una parrilla...

Los tiempos del Tata, apodo que se ganó por su caballerosidad deportiva, eran tiempos del equipo de memoria: Scoponi; Basualdo, Theiler, Pautasso, Sensini; Martino, LLop, Yaya Rossi; Dezzotti, Alfaro y Almirón. Aquel Barcelona de Rosario jugaba con un once salido exclusivamente del semillero. Cuando Dezzotti fue vendido a Italia subió Balbo y cuando Balbo se fue, Batistuta. El recambio generacional era constante, solo Martino seguía.

Probablemente aquel ocho leproso haya sido el mejor jugador de Rosario después de Carlovich. Como todo habilidoso no corría mucho, pero salía del encierro con rapidez mental, con gambeta o pase. Su control de pelota era descomunal, especialmente con el pecho, que le sobraba en superficie. La frase de Víctor Hugo explicaba bien ese juego rápido de controlar, pisar y pensar todo en la misma acción.

Para el pase corto, en profundidad o cambio de frente prefería el exterior del botín, eterno vicio de los cracks. Centros y tiros libres eran su tarea. Con Yudica ganó el campeonato del ´87 y llegó a la final de la Libertadores del año siguiente. Con Bielsa, que lo hizo correr un poco más, el Clausura ´90, el campeonato 90-91 y otra final de la Libertadores en el ´92. Entre medio hizo un corto paso por el Tenerife, club donde fue pupilo de Carles Reixach, el técnico de Barcelona que descubrió a Messi y que lo llevó de DT en la temporada 2013-14.

El Tata es la primera parada de un puesto que está herido de muerte en el fútbol argentino, el del mediocampista que crea sociedades futbolísticas, que corre entre el cinco y el diez, nivelando las velocidades; que atiende asuntos que éstos no pueden; que llega desde la segunda línea cuando el nueve le hace la cortina. Lamentablemente para el lector no poseo la dialéctica de Muñoz o Víctor Hugo. Prueba de ello es que tengo que poner un video para que me crean. 



El Futbolólogo

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