jueves, 31 de enero de 2019


Ocho grandes 8 del fútbol argentino
EL NEGRO ENRIQUE

Hubo un tiempo llamado humanismo en que los hombres decidieron cambiar la historia. Personajes de la talla de Colón, Lutero, Marx, Gandhi y hasta Hitler pusieron el mundo patas para arriba movidos por el motor de sus convicciones. Los humanistas posmodernos como Escobar o Bin Laden, por citar dos ejemplos, también crearon un mundo acorde con su ley. Pero lejos de ellos, lo de Enrique fue moderno porque su lucha no fue en beneficio propio sino por la gloria de todos.

Incluirlo en la lista de los ocho grandes 8 significó dejar afuera nada menos que a Juan José López, el organizador de aquel River de Labruna que salió campeón tras dieciocho años y que perdió la final de la Libertadores con el Cruzeiro. J.J., Merlo y Alonso: así se recitaba la medular de memoria que incluía al arquitecto, el obrero y el artista.

Enrique le gana la batalla a López por su espíritu humanista, por querer estar en este grupo selecto con las mismas ganas con que se metió de prepo en la selección de Bilardo y en el River de Veira. Querer, eso era lo que movía a este 8 cuyo potrero jamás tuvo descendencia.

Se autoproclamó creador del pase sin mirar, jugada que inmortalizó en la final de México-86. Con ella habilitó a Valdano, que le corría por detrás, para dejarlo solo frente al arquero al mejor estilo Magic Johnson. Mitad en broma y mitad en serio, se cree dueño del "Pase del siglo", tres dedos a Maradona, también en ese Mundial, para que el 10 haga la ruleta y se ponga de frente contra media Inglaterra en el segundo gol. El propio Diego lo eligió en su equipo ideal de la selección, encuesta de Estudio Fútbol (TyC Sport´s), considerándolo el 8 con más ida y vuelta que jugó a su lado.

De carrera corta –apenas trece temporadas en primera– todo lo condensó en ese año 86 en que también levantó la primera Libertadores de River y la única Intercontinental de su historia. En el Millonario peleó el puesto con Gorosito, Morresi, Patricio Hernández y Troglio. Y a todos los limpió el Negro, creyendo en sí más que nadie.  

Estando en River un día se fue a su casa porque no le pasaban la pelota durante un entrenamiento. En México avisó que se volvía si no lo ponían por lo menos en el banco de suplentes. En solo tres partidos como titular, los tres últimos, fue la ficha que completó el puzle mental de Bilardo, el jugador que le permitió liberar a Maradona. Pero m`ás allá de lo táctico, Enrique impulsó con sus ganas a todo el plantel.

En 1986 también ganó, como Ruggeri y Pumpido, el campeonato de primera división, o sea, todo lo que jugaron ese año. Con solo dos títulos más, Interamericana-86 y Campeonato 88/89, nadie maximizó tanto el rendimiento en una cancha, logrando tanto en tan poco tiempo. Es improbable que alguien pueda ser recordado como Héctor Enrique por no haber hecho nunca un gol de chilena, tiro libre, rabona o palomita. Solo él fue eterno en esa fase, porque así lo quiso. 




El Futbolólogo

viernes, 11 de enero de 2019


Ocho grandes 8 del fútbol argentino
EL GRINGO GIUSTI

Un buen ejercicio para entender este post es buscar en Youtube el partido entre Holanda y Brasil por el Mundial-74. Típico de esos años, se trata de un encuentro duro en el que la Naranja le dió un baile al último campeón del mundo. De ese partido quisiera destacar el papel de Rivelino. Como si se tratara de una paradoja, Brasil, que siempre hacía lo que quería con los rivales, terminó jugando a las patadas y el diez no paró un segundo de hablar con el árbitro, al que le ponía la mano al hombro con gesto de: “Perdónelo, es un buen chico…”

Hace algunos años Carlos Bilardo confesó que hacía lo mismo cuando era jugador de Estudiantes de La Plata. Entre sus tareas dentro de la cancha estaba la de ganarse al árbitro. Cuando un compañero suyo se portaba mal lo reprendía delante del colegiado en señal de colaboración y luego era él mismo el que se encargaba de dar la patada criminal al rival, al que le pedía disculpas inmediatamente, sabiéndose ganador de la indulgencia. Otro gesto imposible de olvidar era la automática carrerita de Passarella tras la pelota cuando se cobraba falta a favor o en contra, obviamente, no para dársela al árbitro sino para guardarla bajo el brazo.  

El fútbol es un juego para inteligentes, un campo de supervivencia donde el habilidoso solo se muere. Al poco tiempo de que Brasil recibiera su propia medicina en un Mundial, Newell´s Old Boys presentó al 8 más inteligente que ví, con perdón de Simeone, al que tal vez pondría a la par.

Parado frente al balón para que el rival no saque rápido o comandando el cierre de los partidos, Giusti es la historia del fútbol nuestro en varios aspectos. Hablar de sus sacrificios para llegar a primera sería robarle a la sección 100x100 de El Gráfico su mejor nota. Sabemos que debutó al lado de Gallego, otro hijo adoptivo de Griffa, y en ocasiones compartió plantel con Mario Zanabria, gran ídolo leproso. Giusti, Gallego y Alfaro integraron la Cuarta especial de Newell´s, donde también jugó Bielsa.

Pocos años después se fue a Argentinos Juniors para jugar al lado del mejor Maradona de todos, según voces calificadas. Allí cosechó una amistad que se prolongaría en el tiempo. En 1980 pasó a Independiente para asistir a otro genio: Ricardo Bochini. Entre ellos dos la descosía Marangoni y delante suyo Burruchaga, inaugurando el puesto de cuarto volante, mezcla de enganche con mediapunta. Ese equipo de Independiente ganó el Campeonato del ´83 mandando a Racing a la B en la última fecha con gol de él. 

Con un fútbol refinado y corajudo, vencieron al año siguiente en la final al último campeón de la Libertadores, el Gremio de Brasil, y anticiparon en Japón los cuartos del Mundial-86 en un partido ante el Liverpool, apenas dos años después de la Guerra de Malvinas. Como dato cabulero, ese cotejo lo dirigió Romualdo Arppi Filho, el mismo árbitro de la final de México.

En 1986 fue los ojos de Bilardo dentro de la cancha, de lejos el futbolista que mejor entendía su idea. Luego de ganar el Mundial y el Campeonato de primera división del ´89 con Independiente, llegó al Italia-90 en estado de avería. Su participación en los dos partidos más importante de la Copa, frente a Brasil e Italia, fue fundamental para que Argentina llegase a la final. Sancionado igual que Caniggia, todos concuerdan en que la presencia de ambos en la definición del torneo podría haber torcido las cosas para que la AFA ganara una estrella más en su escudo.

Supervisor de todas las facetas del juego, vuelvo a repetir que solo vi en Simeone una porción del jugador inteligente que fue Giusti. Pero tras ellos dos no conocí otro líder silencioso en el puesto capaz de cerrar un partido o manejar el nivel de energía del mismo. Quizás Enzo Pérez tuvo un cromosoma como mucho. Pero por mucho que se los compare, solo queda esperar el día en que un Gringo de las pampas aparezca para armar otro equipo ganador.




El Futbolólogo

domingo, 6 de enero de 2019


Ocho grandes 8 del fútbol argentino
PEPE BASUALDO


Hace pocos días mi hijo de siete años me preguntó: “Papá, si fueras un superhéroe ¿cuál súper poder te gustaría tener?” En ese momento le contesté súper fuerza o algo así, pero no conforme con eso me quedé pensando y llegué a la conclusión de que de ser un superhéroe me hubiese gustados ser Súper Pepe.

José Horacio Basualdo tenía un súper poder: la tele-transportación. Cuando el equipo salía por la derecha con el 2 y el 4 él estaba para hacer la triangulación; si salían con el 6, el 3 y el 5, se arrimaba para crear superioridad numérica. Si el arquero la reventaba al cielo, recibía de frente la segunda jugada; cambio de frente… Pepe; pase en profundidad… Pepe; centro a la olla… despeje… 

Jugó el Mundial-90 luego de ascender con Mandiyú, algo que no va a volver a suceder jamás en el fútbol argentino. Su polifuncionalidad lo hizo uno de los preferidos de Bilardo. En el episodio conocido como: “La pastilla de Branco” sale en primera plana, otro mérito de Pepe compatible con el bilardismo: saber hacerlas de callado.

Al año siguiente se fue a jugar al país que le había quitado la posibilidad de ser campeón del Mundo: Alemania. En Stuttgart se desencontró con su juego y volvió a Racing para luego pasar a Vélez, donde llegarían los años dorados. Pero antes se dio un lujito con la Celeste y Blanca: ganar la Copa América del 93, el último título de la selección.

Entre el 93 y el 95 ganó todo con el Vélez de Bianchi. Como si se tratara de un trabalenguas, ahí tuvo su juego más veloz. Pasó por el Boca de Bilardo, donde duró poco,  y se fue otra vez a Europa, España en este caso. Pero como buen profeta regresó y para no cambiar tanto se enlistó en las filas del Deportivo Español.

Cuando Bianchi llegó a Boca lo llamó y fue, formando parte de una medular gloriosa con Serna y Cagna, el otro 8, los tres por detrás de Riquelme. Cuarenta partidos sin perder, Apertura 98, Clausura 99 y Apertura 2000; Copa Libertadores e Intercontinental. Todo lo hizo con una sola marcha. Luego de vencer al Real Madrid se fue a Vélez y de ahí a Villa Dálmine, club de su Campana natal que le dio la bienvenida y lo despidió del fútbol. Como técnico sigue siendo un trotamundos. 

Basualdo era en un solo jugador toda la Naranja Mecánica holandesa, un interior inquieto con el vuelo de Kedhira. En total rompió varios cuenta kilómetros y sumó a la tarjeta vueltas completas a la Tierra, entre goles a rastrón con pelota movida, pases perfectamente al pie, copas y medallas para el mejor peor jugador que se haya visto jamás, con permiso de Popovich y Fabri Oberto.






El Futbolólogo

Ocho grandes 8 del fútbol argentino

EL TATA MARTINO



En la década de los sesenta hubo un equipo que fue el primer grande del fútbol argentino a nivel internacional. Su técnico había sido un ocho goleador llamado Juan José Pizzuti. El “Racing de José” estuvo 39 partidos sin conocer la derrota, número que incluye verdaderas batallas campales por la Libertadores. Hasta la llegada de Bianchi a Boca aquella marca fue récord argentino. Su impronta fue que el técnico visionario produjo un cambio táctico al incorporar al número ocho de las inferiores, Roberto Perfumo, como zaguero central, no por falta de centrales buenos sino porque –intuyo– buscaba un sucesor de Federico Sacchi, aquel zaguero que salía jugando con maestría.

Así se adelantó Pizzuti al descubrimiento alemán del mediocampista que jugaba de líbero. Cuando “las papas quemaban”, frase que en aquellos años significaba: “se acaba el tiempo y hay que hacer un gol como sea”, José mandaba a su lateral izquierdo y al segundo central a cabecear los centros del lateral derecho Martín y del ocho Rulli. Rubén Díaz y Alfio Basile, que era cinco en inferiores,  entraban como bolas de demolición. Solo el arquero Cejas y Perfumo se quedaban atrás. Cuando el rival amenazaba de contra, el flaco de Sarandí corría con la velocidad del rayo a cortar la pelota y, si hacía falta, sacaba al contrario de la cancha. Su eficacia era tal que traspasó el vidrio de la cabina del relator Muñoz, quién le inventó el apodo de “Mariscal de campo.”

Diez años después hizo su aparición el segundo mejor central argentino de todos los tiempos. Fue en un partido amistoso contra Alemania en La Bombonera. La Mannschaft ganaba 3 a 0 sin despeinarse, con una aceleración futurista. Pero Passarella marcó el descuento con un cabezazo tan violento que provocó orgullo nacional. Fue como una mezcla de: “Acá estamos nosotros” con: “Llévense este regalo para casa.” Mientras el pibe de veintitrés corría hacia el centro del campo mirando el pasto con cara pétrea, Víctor Hugo Morales le dijo al mundo que el gol lo había marcado “El Káiser.”

El veinte fue un siglo en que el relator también jugaba. Los futbolistas eran aviones que pasaban sin escala por la boca ensalivada. Partidos malísimos eran escuchados por espectadores en las gradas con Spikas pegadas a la oreja. De ahí que mi primer recuerdo del ocho más importante de Newell´s no fuese una imagen sino una frase radial del uruguayo Morales: “La tiene el Tata Martino; la amasa, la pisa, la muele…”

Gerardo Martino consiguió borrar para siempre el recuerdo de su tocayo Rinaldo Martino, goleador implacable de San Lorenzo en tiempos pre-Sanfilippo. La pechera de Ñuls se inflaba en el cuerpo de este descendiente de italianos que hacía de la pelota un chicle. La necesidad de completar una imagen me llevó hasta las primeras fotos color que traían las revistas en el interior. Era lo único en tiempos en que el fútbol se televisaba en horario de protección al menor. Parecía el dueño de una parrilla...

Los tiempos del Tata, apodo que se ganó por su caballerosidad deportiva, eran tiempos del equipo de memoria: Scoponi; Basualdo, Theiler, Pautasso, Sensini; Martino, LLop, Yaya Rossi; Dezzotti, Alfaro y Almirón. Aquel Barcelona de Rosario jugaba con un once salido exclusivamente del semillero. Cuando Dezzotti fue vendido a Italia subió Balbo y cuando Balbo se fue, Batistuta. El recambio generacional era constante, solo Martino seguía.

Probablemente aquel ocho leproso haya sido el mejor jugador de Rosario después de Carlovich. Como todo habilidoso no corría mucho, pero salía del encierro con rapidez mental, con gambeta o pase. Su control de pelota era descomunal, especialmente con el pecho, que le sobraba en superficie. La frase de Víctor Hugo explicaba bien ese juego rápido de controlar, pisar y pensar todo en la misma acción.

Para el pase corto, en profundidad o cambio de frente prefería el exterior del botín, eterno vicio de los cracks. Centros y tiros libres eran su tarea. Con Yudica ganó el campeonato del ´87 y llegó a la final de la Libertadores del año siguiente. Con Bielsa, que lo hizo correr un poco más, el Clausura ´90, el campeonato 90-91 y otra final de la Libertadores en el ´92. Entre medio hizo un corto paso por el Tenerife, club donde fue pupilo de Carles Reixach, el técnico de Barcelona que descubrió a Messi y que lo llevó de DT en la temporada 2013-14.

El Tata es la primera parada de un puesto que está herido de muerte en el fútbol argentino, el del mediocampista que crea sociedades futbolísticas, que corre entre el cinco y el diez, nivelando las velocidades; que atiende asuntos que éstos no pueden; que llega desde la segunda línea cuando el nueve le hace la cortina. Lamentablemente para el lector no poseo la dialéctica de Muñoz o Víctor Hugo. Prueba de ello es que tengo que poner un video para que me crean. 



El Futbolólogo