viernes, 27 de noviembre de 2020

BUEN VIAJE


Murió Maradona y no tengo ganas de escribir. 

Porque ya se dijo todo, porque su vida y su muerte fue transmitida en directo y lo que no, inventado.

Tampoco puedo hablar mucho de la vida en sí porque lo más cercano a una explicación es “hoy estamos, mañana no estamos.” 

Pero tengo un blog de fútbol y si no escribo no honraría a su creador.

La vida viene de otro lugar. Un lugar del que no se vuelve. Un lugar del que no se puede hablar mucho con certeza porque no tenemos la capacidad de entenderlo. Lo único que pudo decir el humano sobre eso es que si le hacés un tajo al espacio te encontrás con un vómito llamado Big-bang que contiene las sustancias esenciales para confundirnos sobre si lo que vivimos es cierto. Es un debate interminable que se resume a creer o no en si hay algo más después de esto.

De todas las despedidas me quedo con la de Valdano, un tipo tan distinto a él, que dijo que recordarlo lo hacía sonreír, y se puso a llorar ante las cámaras.

Si la vida existe, la mía, como la de Jorge, también está partida en recuerdos. Y Maradona es parte de esa vida. Todos saben que soy un enfermo del fútbol, que tengo libros y revistas que desatornillan roperos. Pero lo que nadie sabe es que conocí el fútbol gracias a él.

Uno recuerda con todo lo que hay alrededor. Cualquier cosa que evocamos nos llevará a ese lugar sensiblemente completo. Hay una vida que es vivida y otra que es recordada.  

En México-86 yo tenía 10 años, apenas uno más que mi hijo. Y lo que sucedió alrededor fue tan excitante… Para empezar, teníamos que ir a lo de Felipe De Rosa a ver TV color. Era cruzar una calle y descubrir que el Gringo Giusti tenía pelo marrón y no gris como en mi casa. En el partido contra Inglaterra todos gritaban. Después del segundo gol alemán mi papá se fue para no demolerle la casa al vecino. Lo fui a buscar y por una ventana vi a mi mamá cosiendo una bandera. Decía que no iba por cábala. Esa noche en Baradero llovió y salimos con mi papá y con la bandera a festejar. Hoy escribo con las mismas manos con que apretaba a ambos.

Compramos un diario que venía con un póster tan grande que la cinta se despegaba. Adentro había una tabla periódica con todo lo sucedido en los Mundiales. Fue un Big-bang. Como era chico, le pedí a mi mamá que me compre los Gráfico de Italia-90. Ese campeonato fue más épico que el anterior. 

Lo autorreferencial es horrible, penoso, aburrido. ¿Con qué necesidad tengo que hablar de lo que pienso después de la muerte de Maradona? Uno quiere poder decir algo que emocione, despedirse como corresponde. Pero ¿qué hacer cuando esa emoción ya no está?

Puede que existir solo sea un producto de la memoria. La neurociencia dice que los recuerdos son la suma de una situación y una emoción. Maradona emocionaba incluso cuando contaba algo. Cada detalle era la prolongación natural de la emoción con que vivía. 

Diego vino a este planeta a dejarlo todo y se fue vacío. Fue el único tipo que conozco, después de Jesús, capaz de hacerle un tajo al espacio. Quiero reír y llorar, pero no puedo. Algo de mí se ha ido con él. 

Para siempre.


El Futbolólogo